Hermanos míos,
tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que
la prueba de vuestra fe produce paciencia. (Santiago 1:2-3).
Ese día yo
llevaba mucha prisa. Bueno, tal vez no llevaba tanta, pero no era la
primera vez que los autobuses de esa línea se atravesaban en la calle
para tomar pasajeros. Me impacienté y empecé a tocar la bocina de mi
auto insistentemente, mientras los pasajeros subían.
Mi actitud hizo
que tanto el chofer como los pasajeros se molestaran conmigo, pero no
me importó: era necesario darle una lección al conductor. Así aprendería
a detener su vehículo un poco más adelante, sin interrumpir la
circulación hacia la avenida principal. Pero cuanto más insistía en
tocar la bocina, más tiempo parecía tomarse el conductor. Después de un
rato, al compartir la experiencia con mi novio, comprendí que lo que
hacía era como dar golpes al aire. Malgastar tanta energía y enojarme de
aquella forma era absurdo, por lo que me sentí avergonzada del pésimo
testimonio que había dado.
Aquella
situación me llevó a reflexionar y a preguntarme cuál había sido la
causa de que mi impaciencia se convirtiera en enojo. Llegué a la
conclusión de que la impaciencia es otro disfraz del egoísmo, que surge
cuando creemos que los demás no hacen las cosas a nuestro ritmo,
conforme a nuestras necesidades, deseos, conveniencia o capricho.
¿Te incomodas
si alguien no llega a tiempo a una cita y sientes que esa persona te
está robando un tiempo precioso? ¿Te desesperas porque tu hijo, o tu
esposo, o tu amiga te están contando algo que no consideras importante?
¿Te enojas porque alguien viaja lentamente y tú llevas prisa? La próxima
vez que te impacientes, piensa qué es lo que te hace enojar en realidad
y luego eleva una oración a Dios pidiendo paciencia: él te la dará.
Hace unos días
llegué a la misma intersección y de nuevo un autobús de la misma empresa
estaba atravesado en la calle. Mi novio, que me acompañaba, se volteó
con picardía para ver mi reacción. Pero esta vez pude sonreír diciendo:
«No me voy a enojar». Le agradecí a Dios por darme su paz y porque pude
lograr una pequeña victoria.
Tomado de Meditaciones Matutinas para la mujer
Una cita especial
Textos compilados por Edilma de Balboa
Por Lupita Susunaga Navarro

No hay comentarios:
Publicar un comentario