Oh Jehová, oye mi oración, escucha mis ruegos; respóndeme por tu verdad, por tu justicia. (Salmos 143:1)
No hay victoria
sobre el pecado sin victoria sobre la tentación, que empieza cuando
suplicamos a nuestro Padre celestial que no permita que nos expongamos
innecesariamente al mal en cualquiera de sus muchas y variadas formas.
En este preciso
instante la experiencia ya debería habernos enseñado que Satanás puede
tomamos por sorpresa. En el preciso instante en que nos ponemos en
guardia contra un ataque por la derecha, él nos embiste por la
izquierda. La tentación es una realidad. Si Jesús tuvo que enfrentarse a
la tentación, ¿porque no íbamos nosotros, que somos infinitamente más
débiles, a tener que hacerlo? Cuando no ponemos cuidado en evitar
aquello que, unido a nuestra debilidad, pueda contribuir a nuestra
caída, incrementamos sobremanera nuestros sufrimientos.
En la vida, el
cristiano se tendrá que enfrentar a muchas cosas que, aun siendo lícitas
en ellas mismas, no son convenientes. Para Eva, acercarse al árbol de
la ciencia del bien y del mal no era ilícito, pero sí inconveniente.
¿Qué padre no ha tenido que recordar a sus hijos que no deben lugar en
la calle? Acaso lugar en la calle es peligroso? En sentido estricto,
no. Jugar en la calle no es más peligroso que jugar en la zona
recreativa. El peligro procede de los automóviles que circulan por las
calles.
En el
peregrinaje del cristiano, los viajeros experimentados conocen los
peligros. Son conscientes de sus propias debilidades y ponen cuidado en
evitar los riesgos innecesarios que pueden traer dolor y remordimientos.
Con la oración nos mantenemos alerta ante la posibilidad de ser
tentados y pecar.
¿Podría ser
que, a pesar de que afirmemos que oramos para vencer la tentación, a
menudo lo hagamos demasiado tarde? ¿Ora por la mañana? La oración de la
mañana es la del vencedor, porque en ella nos ponemos de todo corazón
al lado del Señor.
Si todavía no
tiene esa costumbre, procure que entregar el corazón a Jesús sea lo
primero que haga por la mañana. Eso lo dirigirá y le marcará un objetivo
para todo el día. Pero recuerde: Jesús nos dice que, además de orar,
tenemos que vigilar. Más tarde, a lo largo del día, si aparece una
tentación imprevista en nuestro camino, distinguiremos mejor el peligro
y, al pedir a Dios que nos libre, experimentaremos el gozo del vencedor.
Basado en Lucas 18:1-8
Tomado de Meditaciones Matutinas
Tras sus huellas, El evangelio según Jesucristo
Por Richard O´Ffill
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