Pr. Alejandro Bullón Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero deDios por medio de Cristo. Gálatas 4:7.
La
mente pecaminosa del ser humano ha desfi gurado el carácter divino. La
tradición le ha hecho creer que Dios es un ser de rostro serio y
ceño fruncido, sentado en su trono de santidad con una vara en la mano,
vigilando y esperando obediencia estricta de sus vasallos.
“Inclínate
delante de él, como el esclavo delante de su señor”, le ha
ordenado durante siglos. Y el ser humano lo ha creído, y ha vivido con
miedo de Dios. Ha tratado de aplacar la ira de su “señor” con
penitencias, peregrinaciones y sacrifi cios. Se ha arrastrado delante de
él, como criatura indigna. Ha cargado el fardo horrible de la
religiosidad desprovista de gracia.
Lo
peor que el pecado consiguió fue desfi gurar el amor divino;
presentarte a Dios como un ser rencoroso y vengativo. Te hace huir,
esconderte, anularte; como Adán y Eva en el Jardín del Edén después del
pecado. Desesperados, vacíos, desnudos y ridículos; e intentando cubrir
su desnudez con miserables hojas de higuera. Aquella triste tarde, Dios
se presentó en el Jardín buscando al hijo amado, pero el pecado gritaba a
los oídos de este: “No eres hijo, eres esclavo”.
Tal
vez, sí; seguramente que sí. Pero, no esclavo de Dios: esclavo del
enemigo de Dios. Castigado impiadosamente por el peor verdugo que
alguien pueda tener: la conciencia tergiversada por el pecado. El
versículo de hoy, sin embargo, trae la más extraordinaria noticia
que alguien pudiera recibir: ya no eres esclavo de nadie; no necesitas
serlo: el Señor Jesús pagó el precio de tu rescate. Si crees en la
promesa divina, pasas a ser hijo, heredero de la promesa. Tus culpas han
sido perdonadas; no necesitas vivir huyendo ni escondiéndote. El Señor
Jesús te da el derecho de reclamar la promesa y de vivir como hijo del
Rey, príncipe en el vasto universo de Dios.
Por
eso, hoy, ¡yergue la cabeza! Deja que el Sol de justicia ilumine la
penumbra de tu ser. No tienes que vivir como si le debieses algo a la
vida; no existe motivo para que te sientas esclavo. El Señor Jesús cargó
el peso de tu culpa en el Calvario y te libertó. “Así que ya no eres
esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de
Cristo”.
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